
Una vida presente
Incluso durante la enfermedad, el juego y la compañía pueden mantenernos abiertos a la vida. Fotografía del National Cancer Institute.
Vivir con autenticidad es aceptar que la vida es finita e incierta y, aun así, elegir la presencia, el amor y la responsabilidad mutua.
Lo recuerdo con claridad. Un día, mientras jugaba con mi hermano, viví un momento de plenitud. Vi a mis padres, mis hermanos y mis amigos como un bosque que se extendía detrás de mí. Más allá, todos los seres humanos, los animales y las plantas aparecían unidos por vínculos que sobrepasaban el mundo físico y alcanzaban algo que podía sentir como espiritual. Su magnitud era inconmensurable, pero sentí alegría al formar una pequeña parte de él: una semilla, un árbol joven que crecía bajo su abrigo. Comprendí que llegamos al mundo en circunstancias que no elegimos, desgraciadamente desiguales, y permanecemos en él apenas un breve tiempo. Heredamos la vida de quienes nos precedieron y, a través de nosotros, esta continúa con quienes vendrán después.
Cuando era un niño, experimentaba el mundo principalmente a través de la percepción: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Sabía poco de la vida o de la muerte, mientras que el pasado y el futuro eran abstracciones lejanas. Lo que importaba era lo inmediato: el juego delante de mí, las personas a mi alrededor, el mundo que podía ver y sentir. Solamente quería jugar y vivir. Sin conocer todavía la palabra, habitaba el presente.
Esa sensación infantil de conexión se hizo más profunda cuando recibí cuidados como paciente en un hospital. Allí aprendí lo que era la muerte y fui testigo del sufrimiento y el dolor. Son experiencias difíciles para cualquier niño, pero el amor y el apoyo de mi familia hicieron que fueran soportables y, por momentos, incluso alegres. La enfermedad me mostró la vulnerabilidad no como una excepción, sino como una condición que todos compartimos. En ocasiones encontré más apertura a la vida en el hospital, donde la vulnerabilidad no podía ocultarse, que en ciertas partes del mundo exterior organizadas en torno a su ocultación. La idea de que quizá estuviera viendo a una persona por última vez seguía asustándome, pero también me hacía sentir agradecido por haberla conocido. Tomar conciencia de la muerte hizo que el tiempo me pareciera precioso y me mostró hasta qué punto su significado reside en la manera en que nos cuidamos. El estatus y la acumulación de riqueza empezaron a parecerme menos importantes. Aceptar la mortalidad no eliminó el miedo, pero me ayudó a distinguir lo que importaba de lo que no. Nuestro tiempo es prestado y no sabemos cuánto nos queda. Tras dejar de resistirme a ese pensamiento, pudo surgir la gratitud en mí: «Doy gracias por mis padres y mis hermanos, por haber conocido el amor, haber respirado aire fresco, bebido agua limpia y contemplado la calidez del atardecer».
La idea de que quizá estuviera viendo a una persona por última vez seguía asustándome, pero también me hacía sentir agradecido por haberla conocido.
La vida es algo que nos trasciende, nos descoloca. Contemplarnos a nosotros mismos y el universo, el infinito que nos rodea y las profundidades que llevamos dentro, es una fuente de asombro pero también de inquietud. Las emociones llegan, nos acompañan y pueden desestabilizarnos justo cuando creemos que la última tormenta ya ha pasado, pero también pueden sorprendernos con alegría, plenitud y un afecto renovado por la vida. Pasamos la vida descubriendo quiénes somos, cómo afrontar nuestros miedos y cómo comprender y trabajar nuestras inseguridades. Buscamos sentido en un mundo que parece no tenerlo. A veces la realidad puede resultar abrumadora. La imagen nietzscheana del abismo sugiere que enfrentarnos a la oscuridad puede transformar a quien la contempla. Ante tal complejidad, a menudo fingimos tener una certeza mayor de la que poseemos, como si la vida fuera una obra de teatro y ya nos supiéramos nuestro papel.
Saber que la vida existía antes de nosotros y que continuará existiendo cuando ya no estemos puede aliviar el miedo a la nada. Nuestro paso es temporal, pero forma parte de una historia de seres vivos mucho más amplia que nosotros. Reconocerlo puede despertar un afecto por la realidad: por las demás personas, por las experiencias cotidianas y por un mundo que hemos recibido, pero que no nos pertenece. El psicoterapeuta Owen O’Kane sostiene que la ansiedad se alimenta de nuestra intolerancia a la incertidumbre y que, para superarla, debemos acercarnos a ella en lugar de evitarla. La presencia no elimina la incertidumbre ni ofrece una vía de escape frente al miedo. Nos pide permanecer abiertos a la realidad y responder con atención, amor y responsabilidad. Nos acerca a otras personas, en lugar de orientarnos únicamente hacia la acumulación o la autoprotección. La encontramos al cuidar de alguien, construir comunidad, pensar de forma crítica, leer, contemplar la belleza o acompañar a otra persona en la búsqueda de sentido. Estos actos pueden parecer pequeños, pero son maneras de afirmar la vida mientras nos encontramos aquí.
Esta presencia no es solo una disposición privada. En The Human Condition, la filósofa Hannah Arendt entiende la acción como algo que surge entre las personas, dentro de un mundo compartido. Nuestras vidas están configuradas por estructuras sociales, políticas y económicas que influyen en las opciones disponibles, en qué sufrimiento resulta visible y en qué voces son escuchadas. En Una filosofía de la resistencia, el filósofo Carlos Javier González Serrano añade una advertencia importante: el malestar no siempre debe interpretarse como un fracaso individual de adaptación, pues también puede ser una respuesta a condiciones que exigen una disponibilidad constante y apenas dejan espacio para la vulnerabilidad. La presencia no debería reducirse a adaptarnos a aquello que nos hace daño. Debería ayudarnos a ver con claridad qué podemos cambiar mediante nuestras propias acciones y qué solo podemos cambiar juntos. Comprendernos exige, por tanto, examinar también el mundo que nos ha formado. No podemos controlar estas estructuras por nuestra cuenta, pero sí cuestionarlas, participar en su transformación y contribuir a crear instituciones más capaces de proteger la dignidad y la vida en común. Esta labor requiere flexibilidad, conciencia de uno mismo, humildad y disposición a reconsiderar las creencias heredadas.
La presencia no elimina la incertidumbre ni ofrece una vía de escape frente al miedo. Nos pide permanecer abiertos a la realidad y responder con atención, amor y responsabilidad.
La complejidad puede provocar respuestas muy distintas. Podemos refugiarnos en posiciones prefabricadas, intentar comprender lo que se resiste a las respuestas sencillas o retirarnos y esperar a que alguien decida por nosotros. El deseo de seguridad es válido, pero se vuelve limitante cuando valoramos la certeza por encima de la libertad, la investigación o la responsabilidad. Para el filósofo Jean-Paul Sartre, la existencia precede a la esencia: no nacemos con una naturaleza fija, sino que nos formamos mediante elecciones realizadas dentro de circunstancias que no escogimos. Nuestra libertad, por tanto, no es absoluta ni inexistente. Es real, con sus limitaciones, pero tiene consecuencias reales para los demás. Esta responsabilidad puede resultarnos incómoda. A menudo preferimos explicaciones conocidas, reaccionamos con rapidez e instinto ante amenazas y, en ocasiones, dirigimos la culpa hacia fuera para no afrontar nuestro propio papel en una situación. Sin embargo, la incertidumbre también mantiene abierto el futuro. Para el filósofo Ernst Bloch, la esperanza no es un consuelo pasivo, sino la capacidad de imaginar que las cosas podrían ser distintas.
Cuando la incertidumbre se vuelve difícil de soportar, la distracción puede ofrecernos un alivio temporal. Podemos enterrarnos en el trabajo, inundar nuestros sentidos de estímulos o llenar de actividad cada instante de silencio. El agotamiento deja entonces poco espacio para la reflexión. Como polillas que confunden las luces artificiales con la luna, damos vueltas alrededor de las distracciones hasta quedar exhaustos. Estas respuestas son comprensibles, pero pueden dejar sin examinar las condiciones que nos perturban. La desesperanza y la inacción también permiten que los poderes arraigados continúen sin oposición. La acción no tiene por qué comenzar con certeza ni heroísmo. Puede empezar con la atención: ver con claridad, rechazar la indiferencia y responder por lo que hacemos o dejamos de hacer. La escritora y crítica cultural bell hooks observó que la claridad de mente y corazón nos permite conocer el gozo e implicarnos profundamente en el mundo sensible que nos rodea. La atención no es solamente vigilancia frente al daño; también nos mantiene abiertos a la alegría.
La acción no tiene por qué comenzar con certeza ni heroísmo. Puede empezar con la atención: ver con claridad, rechazar la indiferencia y responder por lo que hacemos o dejamos de hacer.
Vivir en el presente no significa apartar la mirada del futuro. Significa reconocer que el futuro ya está siendo moldeado por aquello a lo que prestamos atención, lo que toleramos y lo que protegemos hoy. Pienso en quienes persisten frente a la injusticia y la opresión, en quienes trabajan por la paz, cuidan de las personas que aman y defienden los ecosistemas de los que depende toda vida. Sus esfuerzos nos recuerdan que hablar y actuar en favor de la justicia puede ser una forma de respeto: hacia quienes nos precedieron, hacia quienes viven a nuestro lado y hacia quienes todavía no han llegado. Puede existir alegría en este tipo de cuidado, siempre que cuidar de los demás no exija abandonarnos a nosotros mismos. El esfuerzo por conservar el afecto por la vida incluso al afrontar sus dificultades recuerda al amor fati de Nietzsche: no una sumisión pasiva ante lo que sucede, sino una afirmación de la vida en su dificultad y su carácter incompleto. Heredamos un mundo moldeado por otras vidas, y nuestras elecciones ayudan a determinar qué clase de mundo heredarán de nosotros. La responsabilidad comienza en esa continuidad. Nos pide afrontar las dificultades sin sacrificar nuestra capacidad de cuidar ni nuestro afecto por el hecho de estar vivos.
El cuidado no nos hace inmunes al fracaso o al agotamiento. Las demás personas afrontan luchas internas y externas que quizá nunca llegaremos a comprender del todo; nuestros actos pueden herirlas o herirnos a nosotros mismos a pesar de las mejores intenciones. La responsabilidad no exige perfección, sino reconocer el daño, aceptar sus consecuencias y mantener la voluntad de reparar lo que podamos. El cambio significativo tampoco avanza en línea recta. Progresa de manera irregular, a través de retrocesos, incertidumbre y los esfuerzos imperfectos de personas que, pese a todo, continúan en la brecha. Cuando sentimos que nuestro propio mundo se derrumba, el amor y la compañía pueden ayudarnos a recuperar un punto de apoyo. El cuidado no debería limitarse a devolvernos la capacidad de soportar unas condiciones que permanecen intactas. En su mejor expresión, también nos ayuda a nombrar aquello que nos daña y a recuperar la libertad de responder. La psicoterapeuta Philippa Perry nos recuerda que no hay nada vergonzoso en sentirse desbordado. La fortaleza no es invulnerabilidad, sino la capacidad de reconocer nuestros límites y afrontarlos con ayuda, compasión y autocompasión.

El cuidado se hace visible cuando permanecemos unos al lado de otros. Fotografía de Terry Boynton.
La incertidumbre no es exclusiva de nuestro tiempo. Durante épocas de inestabilidad, en la antigua Grecia las personas buscaban sentido en oráculos y dioses. Hoy depositamos nuestras esperanzas en sistemas y tecnologías que prometen predicción y control. Los filósofos antiguos ofrecían otra respuesta: no la certeza, sino formas de vivir sin ella. El estoicismo distinguía entre lo que estaba en nuestro poder y lo que no, al tiempo que consideraba la justicia y la responsabilidad hacia los demás como partes esenciales de la vida ética. El cinismo cuestionaba el estatus, las convenciones y los deseos artificiales. El epicureísmo encontraba la libertad en la sencillez, la amistad y la liberación de deseos innecesarios. Estas tradiciones no pueden extrapolarse sin más al presente y no formularon nuestras ideas modernas de igualdad o responsabilidad ecológica. Sin embargo, su preocupación por la justicia, la moderación y la vida en común todavía puede ayudarnos a pensar. La crisis climática, no obstante, nos enfrenta a una escala global y de origen humano que la filosofía antigua no podía anticipar. Amenaza los sistemas vivos de los que dependen nuestra vida y nuestra salud, contribuye a la enfermedad y ejerce mayor presión sobre los sistemas sanitarios y las personas que los sostienen. Nos pide, por ello, extender la responsabilidad más allá de nosotros mismos: entre sociedades, especies y generaciones.
La edad adulta, tal como ahora la entiendo, no exige dejar atrás al niño que pregunta, juega y se niega a aceptar la injusticia. En el mejor de los casos, nos aporta la mesura y la sabiduría necesarias para proteger esa apertura, respetando al mismo tiempo la vulnerabilidad y la libertad de los demás. Ahora bien, también he visto cómo la resignación puede presentarse poco a poco como un cierto tipo de realismo. Quienes han sufrido decepciones o están exhaustos pueden llegar a creer que el curso de las cosas no puede alterarse. Este sentimiento de impotencia es comprensible, especialmente dentro de una cultura de consumo que insiste una y otra vez en que no existe alternativa. Pero la resignación no es neutral: limita lo que podemos imaginar y deja intacta la situación existente. El cambio rara vez comienza con un salvador o con la certeza de que el éxito está garantizado. Comienza cuando personas corrientes cuestionan lo que se les ha dicho, forman su propio juicio y actúan junto a otras allí donde pueden influir. Leer, pensar y prestar atención no son, por tanto, formas de retirarse del mundo. Son maneras de prepararnos para participar en él. Ninguno de nosotros puede afrontar todos los desafíos, pero todos podemos rechazar la indiferencia y permanecer disponibles para las personas y las formas de vida que necesitan nuestro cuidado.
La presencia exige un esfuerzo continuo: la elección constante de estar en el mundo tal como es, de estar con las personas que tenemos delante y de asumir las responsabilidades que nos corresponden. Este trabajo requiere energía y paciencia, pero es la mejor manera de permanecer abiertos a la vida y a los demás. A veces la presencia toma la forma de acción pública. Otras veces reside en los gestos más sencillos: la calidez de una caricia, un abrazo o un beso, o mirar a alguien a los ojos y decirle: «Estoy contigo».
La presencia exige un esfuerzo continuo: la elección constante de estar en el mundo tal como es, de estar con las personas que tenemos delante y de asumir las responsabilidades que nos corresponden.
Referencias
- Arendt, Hannah. The Human Condition. University of Chicago Press, 1958.
- Bloch, Ernst. The Principle of Hope. Traducción de Neville Plaice, Stephen Plaice y Paul Knight. 3 vols. The MIT Press, 1986.
- González Serrano, Carlos Javier. Una filosofía de la resistencia: Pensar y actuar: contra la manipulación emocional. Ediciones Destino, 2024.
- hooks, bell. All About Love: New Visions. HarperCollins, 2000.
- Nietzsche, Friedrich. Beyond Good and Evil: Prelude to a Philosophy of the Future. Edición de Rolf-Peter Horstmann y traducción de Judith Norman. Cambridge University Press, 2002. Aforismo 146.
- Nietzsche, Friedrich. The Gay Science: With a Prelude in German Rhymes and an Appendix of Songs. Edición de Bernard Williams y traducción de Josefine Nauckhoff. Traducción de los poemas de Adrian Del Caro. Cambridge University Press, 2001. Aforismo 276.
- O’Kane, Owen. Addicted to Anxiety: How to Break the Habit. Penguin Random House, 2025.
- Perry, Philippa. The Book You Want Everyone You Love to Read (and Maybe a Few You Don’t). Cornerstone Press, 2023.
- Sartre, Jean-Paul. Existentialism Is a Humanism. Traducción de Carol Macomber. Yale University Press, 2007. Publicado originalmente en francés en 1946.